martes 5 de julio de 2011

Pedro Redondo Reyes, Aproximaciones

Pedro Redondo Reyes, Aproximaciones. Microensayos lúdicos de literatura comparada, Barcelona, Paralelo Sur Ediciones, 2008, 334 pp.


Tras algún tiempo sin saber nada de él, he vuelto a establecer contacto con mi antiguo amigo Pedro Redondo. Le debo muchísimo en mi comprensión del ajedrez como fenómeno cultural. Como muestra de ello traigo a colación un volumen de ensayos de literatura comparada que publicó hace un par de años. Pasean por estas páginas exquisitas Rilke y Kafka, Homero y Hölderlin, Bergamín y Roth, Benjamin y Scholem, entre otros. Una erudición al servicio del descubrimiento de relaciones. Creo recordar que Walter Benjamin tuvo el propósito en algún momento de redactar un texto constituido exclusivamente por citas de autores. La idea era que la mera disposición de las mismas fuera lo suficientemente significativa, sin interferencias espurias. A lo largo de mi lectura he recordado aquel proyecto. Pedro Redondo tiene una sensibilidad particular para ese establecimiento de vínculos. Es lo mejor de libro y algunos artículos son sencillamente gloriosos.

Para los lectores de este blog el artículo que más puede interesarles es el titulado "El ajedrez" (pp. 259-279). En él se estudian sobre todo dos novelas ya clásicas: Novela de ajedrez, de Stefan Zweig y La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, de Miguel de Unamuno. Comparando los recursos narrativos empleados, centellean las diferencias: el café o el Casino, la apertura al mundo o su enquistamiento, las vanguardias o la cazurra soledad.

¡Ojalá que la excusa del ajedrez nos sirva para embarcarnos buscando destinos más altos!


Francisco J. Fernández

viernes 3 de septiembre de 2010

El ajedrez de la filosofía, Francisco J. Fernández


El ajedrez de la filosofía, Francisco J. Fernández, Madrid, Editorial Plaza y Valdés, 2010, 251 pp.

Conozco a Francisco J. Fernández desde mis tiempos de estudiante en la vieja Facultad de Filosofía de Zorroaga (Universidad del País Vasco). Seguí durante un tiempo su trayectoria intelectual y leí con agrado anteriores publicaciones suyas, como El filósofo del océano (Irún, Editorial Iralka, 1998) o El descrédito de los quilates (Irún, Editorial Iralka, 1999). Participé incluso en algún número de la fenecida Revista Blítyri, publicando alguna reseña solicitada por el Consejo de Redacción del que Fernández formaba parte. Tras ello, con el comenzar del nuevo siglo, nada, a excepción de un artículo sobre Leibniz "Organización sin jerarquías" en el que por cierto ya se mencionaba el ajedrez (VV. AA., La actualidad de Leibniz, Universidad de Valencia, 2002, pp. 239-250), lo cual debería haberme hecho sospechar acerca de por dónde debían ir los derroteros especulativos de mi antiguo camarada.

En efecto, El ajedrez de la filosofía es el resultado de un largo silencio. Para empezar diré que su estilo se ha vuelto menos ampuloso y complicado; ha ganado en ligereza, cierto, aunque echo de menos aquellas frases imposibles a las que tan dado era antaño. Para seguir, he de avisar de que, aunque el ajedrez parece ser el elemento vertebrador del libro, no es esto a mi juicio lo más interesante. Creo que es un libro en torno a la propia posibilidad de la filosofía, aun si el ajedrez ha servido como excusa para ello. Conozco a los ajedrecistas lo suficiente como para saber que sus intereses teóricos dejan mucho que desear. Las especulaciones de Fernández les sonarán intempestivas, aun cuando deberían reflexionar y mucho sobre algunas de las cuestiones suscitadas (la dimensión argumentativa del ajedrez o el estatuto de sus reglas, pro ejemplo, así como la consideración formalista del mismo). Puede que les suceda lo mismo a los filósofos profesionales que carezcan de conocimientos ajedrecísticos: el rigor del juego les exigirá un saber para el que probablemente no tengan ganas. Creo que Fernández ha sido consciente de estos inconvenientes y ha intentado sobrellevarlos mediante una fórmula literaria que involucre componentes de su propia biografía. El libro es por tanto un relato, un decurso vital. Sin embargo, ello no obedece después de todo a una estrategia discursiva (aunque lo sea) como a un requisito de fidelidad. El origen hegeliano de la expresión "decursus vitae" debería darnos una pista de aquello que se pretende, es decir, mostrar en cada momento el desenvolvimiento concreto de la especulación, mostrar en acto los pasos dados, las rectificaciones obligadas, las falsas impresiones, los caminos desandados. En El filósofo del océano, Fernández mantenía que Leibniz había sido el filósofo que más atento había estado siempre a la dimensión de confusión de nuestros conocimientos (op. cit., p. 86). Creo que por ahí van los tiros. Se trata de no decir nada sin antes declarar de dónde ha salido. Es una tarea ímproba y de más está decir que a lo largo del libro se reconoce que es una suerte de recuerdo sobrevenido lo que permite avanzar en el conocimiento: una apología de la anámnesis platónica, casi podría decirse. Pero es como si Fernández experimentara terror ante las construcciones sin andamios. Los antiguos geómetras solían borrar las líneas auxiliares una vez habían llegado a la solución de los problemas. Fernández trabaja sin goma de borrar. Saber es para él saber cómo se ha llegado a saber. Nada más, pero tampoco nada menos.


José Patiño

sábado 28 de agosto de 2010

David Shenk, La partida inmortal. Una historia del ajedrez

David Shenk, La partida inmortal. Una historia del ajedrez, trad. de M. Martínez-Lage y C. Pranger, Madrid, Turner Publicaciones, 2009, 319 pp.



Desde los tiempos de Heráclito de Éfeso los filósofos se han malquistado con la mera erudición, con la polimathia, con la simple acumulación de noticias. La forma moderna de la misma no es otra cosa que la llamada divulgación científica. El escritor estadounidense David Shenk es un espléndido representante de ella. Su libro, La partida inmortal, su forma de interpretarla. A partir de la celebérrima partida que Andersen y Kieseritzky disputaron en Londres, 1851, nos va relatando diferentes noticias en torno al ajedrez. Todo ello lo hace en un estilo ágil y atractivo y es una magnífica introducción al universo ajedrecístico en sus diferentes dimensiones (histórica, literaria, política, psicológica, etc.). De hecho, hay que tener un paladar algo educado para poder percibir que el conocimiento que Shenk tiene del ajedrez es empero muy superficial. Este defecto es compensado sin embargo con un aluvión de referencias en general muy acertadas y atractivas por sí mismas. Lo malo es que éstas son completamente exteriores a un verdadero proceso de pensamiento, a una verdadera dialéctica especulativa, es decir, no surgen del desentrañamiento de cierta cuestión sino de la pura acumulación. No es de extrañar en este sentido que de buena parte de ellas su origen sea internet: esto es, no hay más que saber hacer uso de un buscador para que ajedrez + filosofía o ajedrez + psiconálisis generen inmediatamente miles de páginas que desarrollan tales binomios. Como el divulgador científico se hace una idea muy perfilada de su eventual lector (una idea evidentemente falsa pero muy real por así decirlo), todo aquello que parezca atentar contra esta idea será combatida (pues de lo que se trata es de que ningún lector abandone el libro debido a su dificultad). Si es preciso, se recurrirá a un profesor de filosofía para iluminarnos en torno a una distinción que cualquier alumno de bachillerato conoce (verbigracia, entre el racionalismo de Descartes y el empirismo de Locke, pág. 86). El trabajo consiste después en resumir con talento lo más interesante o desgajar las citas que hemos encontrado. No hay por qué condenar el procedimiento por sí mismo, claro está, pero sí avisar de que mediante el exclusivo uso del mismo no se podrá decir sino lo que ya está dicho. Quizá fuera eso no obstante lo que se pretendía: en cualquier caso, eso es exactamente lo que le ocurre a este libro.


Francisco J. Fernández

martes 27 de julio de 2010

Libro del ajedrez, de sus problemas y sutilezas

Libro de ajedrez, de sus problemas y sutilezas, de autor árabe desconocido, texto árabe, traducción y estudio previo por Félix M. Pareja Casañas, Valladolid, Editorial Maxtor, 2007.

El padre jesuita Félix M. Pareja Casañas (1890-1983) publicó en 1935 (Madrid, Imprenta de Estanislao Maestre) dos tomos de una importante obra que ahora la Editorial Maxtor ha publicado en uno, respetando no obstante el antiguo formato. El esplendor cultural de la II República permitió a este arabista, discípulo de Asín Palacios, asumir la difícil tarea de traducir el manuscrito Rich (7515) del Museo Británico. Se trataba en efecto de editar una obra de notable complejidad filológica y ajedrecística. De estos dos retos (con la ayuda entre otras de las clásicas obras de Murray o Linde) salió victorioso el eminente estudioso y el lector aficionado puede disfrutar gracias a él del ajedrez árabe. Lo primero que ha de sorprendernos es la extrema lentitud del juego. Las piezas tardaban muchísimo en entrar en contacto. No en vano los peones sólo avanzaban una casilla y el alfil y la dama (o alferza) tenían unos movimientos muy limitados. De esta forma, caballos y torres eran las piezas más poderosas. Se ganaba la partida por jaque mate, rey robado (o despojado de todas sus piezas) y rey ahogado.

No sabemos quién fue el autor del manuscrito ni con certeza la fecha de composición (aunque Alfonso X el Sabio parece que lo tuvo en cuenta en El Libro de los Juegos), pero sigue la pauta que solían seguir las obras de este tipo: desde el encomio de las virtudes del juego a las advertencias en torno a las formas poco edificantes de jugar. Llama la atención la importancia que se le da al problema filosófico del libre albedrío y la manera en que el autor toma el ajedrez para defenderse de otras maneras de interpretarlo (lo que en la Europa del Medievo se conocía como el fatum mahometanum). En este sentido, Pareja Casañas especula en torno a si es más bien chiíta en vez de suní, decantándose por lo primero. Además, se clasifica a los jugadores según su fuerza (dependiendo de si se les puede dar algún tipo de ventaja) y se establecen valores para las diferentes piezas, llamándonos naturalmente la atención el que se diga que el peón del rey vale 1/6 de dirhem (al igual que el de la alferza y el del caballo de rey) mientras que "el valor de peón de torre es un octavo de dirhem" (tomo I, p. 23). Se incluye además una suerte de ábaco que tiene al tablero de ajedrez por soporte así como una colección de poemas que tienen al ajedrez por protagonista.

El primer tomo es pues la edición del texto, incluido el aparato filológico. El segundo tomo es el comentario detallado del manuscrito junto con la traducción a la notación algebraica de los distintos problemas y aperturas que se estudian en el mismo (así como problemas de fantasía). Evidentemente los árabes no entendían el juego como actualmente lo hacemos, pero de la lectura del manuscrito se puede extraer la conclusión de que su conocimiento del juego era muy profundo. ASí se explica que todo un repertorio de aperturas estuvieran identificadas y dispusieran de nombres tan significativos como "Peón-torrente" o "La estaca".

En fin, un libro verdaderamente soberbio. Recomiendo a los aficionados que practiquen de vez en cuando el ajedrez árabe; creo que puede ser útil incluso a la hora de perfeccionar el juego de aquellos alumnos nuestros demasiado impacientes, pues inevitablemnte han de amoldarse a eso que el poeta Julio Llamazares llamaba la "lentitud de los bueyes".


Francisco J. Fernández

martes 20 de julio de 2010

Icchokas Meras, Tablas por segundos


Icchokas Meras, Tablas por segundos, Barcelona, RBA Libros, 2004, trad. de Macarena González, 159 pp.

Desde muy antiguo ha sido frecuente poner a la Muerte o al propio Diablo a jugar al ajedrez. Recuerdo en este sentido la película de Bergman, El séptimo sello, o las leyendas que corren en torno al ajedrecista italiano del siglo XVI Paolo Boi. Estas figuras representaban algo así como el Mal. No obstante, desde el genocidio judío de la Segunda Guerra Mundial, la Muerte o el Diablo han perdido parte de su siniestro prestigio y han debido concedérselo a los nazis. Alain Badiou lleva protestando desde hace tiempo contra esta ideológica absolutización del Mal concedida al nacionalsocialismo hitleriano, pero su posición es francamente minoritaria.

En cuanto al ajedrez, ha debido sufrir también esta conversión. Paolo Maurensig así lo hizo por ejemplo en su libro La variante Luneburg (publicado en Tusquets hace unos años), pero es que antes, en los años 60, lo había hecho el escritor lituano Icchokas Meras (nacido en 1934), que padeció en sus propias carnes la persecución y exterminio sobredichos. Este es el libro que reseñamos.

El protagonista, un muchacho judío de diecisiete años, ha de enfrentarse al comandante del gueto en una partida de ajedrez. Si gana, perderá su vida, pero salvará de la deportación a los niños del gueto. Si pierde, salvará su vida, aunque los niños serán deportados. La única forma de escapar de esta dramática disyunción es obtener unas tablas (a ello hace referencia el título de la novela): en ese caso, las cosas seguirán como estaban.

Mientras la partida se desarrolla (sin apenas indicaciones que nos permitan representarnos la misma), se nos relatan las vicisitudes de algunos miembros de la familia del muchacho: la hermana pequeña asesinada y colgada en la calle, el hermano mayor que se suicida (filósofo por más señas), la hermana cantante que se prostituye... En fin, un variopinto panorama de desgracias de dudoso interés literario.

Como todo el mundo sabe, el ajedrez es un juego de los llamados de suma cero: eso significa que la ganancia de uno supone en la misma medida la pérdida del rival. Cuando el Mal juega al ajedrez, lo primero que hace es pervertir esta singular característica; como no conforme con la justicia de la suma. Le dan ganas a uno de pensar que el Mal reside entonces en el exterior del tablero, en lo que lo rodea, en las condiciones de la Realidad, y, así, que el tablero es un paraíso de justicia, es decir, de crueldad sublimada.


Francisco J. Fernández

lunes 23 de marzo de 2009

Lars Bo Hansen, Fundamentos de la estrategia ajedrecística


Lars Bo Hansen, Fundamentos de la estrategia ajedrecística (Aplicación de los métodos de negocios al ajedrez), Madrid, La Casa del Ajedrez, trad. de A. Gude, 2007, pp.191.

Por fin un libro con una cierta ambición téorica. Aunque había oído hablar de él hace algún tiempo, sólo ahora he podido leerlo por mediación de mi amigo Subirats. El caso es que aunque merecería una segunda lectura más reposada no me resisto a publicitarlo en el blog, pues creo que puede ser verdaderamente útil para que cada uno de nosotros, torpes aficionados, aprendamos a aprovechar mejor las eventuales virtudes que poseemos. No creo ser una excepción si digo que muchas veces tengo la impresión de malgastar mis fuerzas intentando mejorar mi juego. Los resultados que consigo son descorazonadores y el incremento de mi nivel ajedrecístico ínfimo (por no declarar que sencillamente va hacia atrás). Pues bien, lo que propone el GM danés Lars Bo Hansen es, en primer lugar, identificar qué clase de jugador es uno, con sus virtudes y defectos. En segundo lugar, nos invita a jugar en función de esas virtudes y evitando caer en esos defectos adoptando una perspectiva de dentro a afuera (es decir, la perspectiva de utilizar lo que hacemos bien, sea ello lo que sea: calcular, analizar, imaginar, etc.). Para ello, establece una matriz de dos por dos tal que ésta:
           HECHOS      CONCEPTOS
LOGICA Pragmáticos Teóricos
INTUICION Activistas Intuitivos
Matriz donde uno quedaría eventualmente encuadrado. Como quizá estos conceptos no digan demasiado, rellenaremos, siguiendo a Hansen, la matriz con conocidos jugadores para que se vuelva más significativa.
             HECHOS      CONCEPTOS
LOGICA Lasker Philidor
Euwe Steinitz
Alekhine Tarrasch
Keres Nimzowitch
Korchnoi Reti
Spassky Botvinnik
Fischer Kramnik
Kasparov Leko
Topalov
Svidler

INTUICION Pillsbury Rubinstein
Bronstein Capablanca
Tal Smyslov
Anand Petrosian
Shirov Karpov
Morozevich Adams
Topalov

Evidentemente, estos encuadres puede que quepan ser discutidos (¿dónde encuadrar a Larsen, por ejemplo? Además, parece que por un descuido, al autor (cfr. p. 121 y 149) se le ha colado Topalov en dos categorías diferentes), pero el esfuerzo de clasificación conceptual es meritorio, dado que consigue que las diferencias individuales de los jugadores queden subsumidas en una categoría más amplia. De ahí que todo un Spassky pueda ir al lado de un defensivo Korchnoi. Ciertamente, hay problemas. Creo recordar que Dvoretsky entendía que la naturaleza del ajedrez de Tal era de la misma índole que el de Capablanca, pero Hansen probablemente replicaría que es su faceta intuitiva lo que los une. Recuerdo también haber leído que Spassky clasificaba a los jugadores en creyentes y no creyentes. Es decir, aquellos que respetan las leyes apenas escritas del ajedrez en torno a la estrategia (el propio Spassky, según él mismo reconoce) y los que están siempre dispuestos a profanarlas (Korchnoi, Larsen). En cualquier caso, estas cuatro figuras del espíritu ajedrecístico parecen bastante sólidas (de ahí que me parezca que Hansen dispara con perdigones cuando habla de Watson y su concepto de ajedrez moderno, pues esta clasificación desde luego relativizaría la importancia de esa presunta modernidad). De lo que se trataría entonces es de saber dónde estamos, cuáles son nuestras querencias, así como de averiguar quién tenemos delante, para actuar en consecuencia.

Claro está, no obstante, que inmediatamente surgen algunas interrogaciones: ¿Cómo jugar contra una computadora? ¿Cómo jugar contra alguien que tiene nuestro mismo estilo? A estas preguntas Hansen no responde y es posible incluso que no se pueda responder satisfactoriamente. Sin embargo, no sería magro resultado que supiéramos jugar contra todos los demás (quizá esté relacionado con todo ello el concepto de cliente, es decir, aquel jugador que sistemáticamente pierde -o a lo sumo empata- contra determinado jugador a pesar de su indudable valía: Shirov ante Kasparov, por ejemplo, o Tal frente a Korchnoi, entre otros). En fin, la parte más interesante del libro es aquella en que Hansen ilustra con partidas y jugadas concretas la elección que determinados jugadores hacen en función del conocimiento de sus respectivas habilidades así como las del contrario en vez de fijarse en la verdad de lo que ocurre en el tablero. El resultado es bastante convincente en conjunto, aunque no se consiga una certidumbre metafísica sino más bien moral, por hablar como los filósofos del siglo XVII.

Para acabar, no puedo dejar de mencionar el concepto "relación de asalto", que Hansen estudia. Parece que proviene de Tal (y en parte de Alekhine) y hace referencia a la siguiente fórmula:
                      Número de piezas atacantes
Relación de asalto = ---------------------------
Número de piezas defensoras
Aunque Hansen no lo menciona, todo ello me ha recordado algo que llevo estudiando desde hace algún tiempo, sin grandes avances, por otra parte. Es la llamada ley de Lanchester, "según la cual la fuerza de un ejército es proporcional al cuadrado de los efectivos utilizados" (David Alvargonzález, "Análisis gnoseológico del campo de la teoría de juegos", Revista El Basilisco, nº28, 2000, p.18). Esta formulación parece más interesante que la propuesta por Hansen, la cual por otra parte, no define los conceptos de ataque/defensa. Haciendo mis propias cuentas, he conseguido en ocasiones, aplicando la ley de Lanchester, dar un valor numérico aproximado al que ofrecen las computadoras, pero los resultados no han sido nada concluyentes, probablemente debido a mi poca pericia matemática y a que es muy difícil definir las casillas comprometidas en un ataque o una defensa (como ilustración de mi proceder diré que tomaba el cuadrado que forma el salto de un caballo en torno al rey). En fin, un libro que abre nuevas perspectivas y que, al menos en mi caso, merece una segunda lectura.

Francisco J. Fernández

martes 3 de marzo de 2009

Petite philosophie du joueur d´échecs, René Alladaye


Petite philosophie du joueur d´échecs, René Alladaye, Cahors, Éditions Milan, 2005, 235 pp.


Paul Morphy lo declaró hace tiempo: el ajedrez es un juego eminentemente filosófico. Lo que eso quiera decir exactamente no es fácil de averiguar, pero para poder ir empezando a entenderlo quizá no esté mal introducirse en esta Pequeña filosofia del jugador de ajedrez que René Alladaye publicó hace un par de años (a la espera estoy de hacerme con un par de libros en inglés que algunos amigos me han hecho notar que relacionan también ajedrez y filosofía: se trata de la reimpresión de un texto de 1857, The philosophy of Chess, de William Cluley, Kessinger Publishing, 2008 y el trabajo colectivo Philosophy looks at Chess, publicado por New in Chess recientemente). Un ensayo tan ligero como apasionado que señala algunos de los lugares donde el ajedrez ofrece más terreno para la especulación.

Es cierto que los filósofos son de lo que no hay, pero tienen un cierto olfato para detectar los problemas importantes, para acudir a los autores que mejor pueden ilustrar cierto asunto (Maquiavelo o Sun tzu o el código guerrero de los samurais), para relacionar temas en principio alejados conceptualmente (comparando por ejemplo las reglas del método de Descartes con las instrucciones de Alexander Kotov), para sugerir alguna idea brillante (como la consideración dialógica de la partida de ajedrez). Todo ello lo hace de manera elegante René Alladaye, aunque también es cierto que se echa de menos una cierta profundidad (y sobra alguna pedantería, como cuando habla del teorema de Zermelo y Von Neumann y lo data en 1912, cuando Von Neumann nace en 1903. Tendré que preguntarle a mi amigo Pedro Reyes, pero creo que Alladaye confunde los trabajos de axiomatización de la teoría de conjuntos en que ambos trabajaron con la fundación de la teoría de juegos y el teorema del minimax de Von Neumann, véase sobre este asunto Jesús Mosterín, Los Lógicos, Madrid, Edt. Espasa-Calpe, 2007, pp. 237-282). Pero es que el libro ha sido deliberadamente concebido con una cierta ligereza. Facilita, claro está, la lectura, pero a mí me da por rabiar porque necesitaría un desarrollo más exhaustivo de esas cuestiones que hacen tener al ajedrez un interés singular.

Lo que nuestro autor ha perseguido es algo un poco distinto: mostrar el interés que un filósofo tiene por el ajedrez, lo que es diferente pues necesariamente se incurre en un comprometido subjetivismo. Consciente de ello, se afana por disminuirlo practicando una exquisita prudencia y una amorosa admiración por los grandes jugadores (Fischer, Kasparov, incluso Karpov). Ahora bien, una vez que la conjunción ajedrez y filosofía ha sido establecida, resta explicar la naturaleza de esa misma conjunción para que no nos quede la sensación de que es algo aleatorio. Esta tarea es sin embargo bastante más ardua, aunque también bastante más interesante. Es una tarea que de hecho se le escapa a los autores que encaran el problema, consiguiendo, en el mejor de los casos, resultados o demasiado parciales o demasiado triviales. Pero, en fin, tal vez haya necesidad de libros como éste (o como el de Diego Rasskin, Metáforas de ajedrez, Madrid, La Casa del ajedrez, 2005), pues, a pesar de la insatisfacción que uno experimenta al acabarlos, tal vez sean como preludios del asalto final, algo así como trompetas de Jericó.


Francisco J. Fernández